Juventud, eternidad

24.09.2024

«De todas las edades de la vida, la juventud es la que, por su modo de sentir, más se aproxima a la eternidad, porque aún desconoce la importancia del tiempo, porque aún no lo siente como fuerza y límite. De ahí que la juventud pueda resultar tan ahistórica y tienda a sopesar las cosas a la luz de lo infinito, sin tener presentes los límites que impone la realidad temporal». 

   Georg Simmel: «Los paisajes de Bröcklin» (1907); en Georg Simmel: Filosofía del paisaje (ed. Casimiro Libros, 2013).

La reflexión de Simmel nos acerca el núcleo existencial de los conceptos de tiempo y de juventud.

La eternidad desprecia el tiempo, vive sin él y se resiste a toda historia: no se puede hacer ninguna historia de la eternidad.

La juventud, esa preciosa edad de la vida, también desprecia el tiempo y, por consiguiente, la historia. Ser joven es sentirse eterno, sentir que no hay tiempo. Por eso el joven ama y odia de manera infinita, sin cortapisas. No le importan el pasado ni el porvenir. Su vida es puro, eterno, presente.

Pero, ¡ay!, el presente se agota en cada instante. Muere joven, muy joven. Nació contra el pasado y le da la espalda al futuro.

Es normal, porque más allá del instante presente no existen realmente ninguno de esos extremos lineales con los que la temporalidad es diseñada.

Así que la juventud, homicida del tiempo, es lo más cercano a la eternidad.

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